Carola Inaipil

En mi familia éramos 6 en total, tres hermanos, mi mamá y papá y yo.  En casa había muy poca comunicación,  falta de afecto sobre todo de parte de mi padre ya que solo cumplía la función de proveedor.  Por otra parte mi madre se dedicaba todo el día a quejarse de nosotros, de su salud y sobretodo del esposo que había escogido.  Recuerdo que ella siempre nos hablaba muy mal de los hombres, que no había que acercarse a ellos, que todos eran malos, etc. Siempre busque ser aceptada por mi Padre, ya que sentía que él se sentía muy orgulloso de su hija mayor pero también elogiaba a su hija del medio y siempre jugaba con ella.  Yo por mi parte me sentía invisible, y me esforzaba por ser querida por ambos.  Siempre le mostraba mis calificaciones a mi Padre, que por supuesto eran bastante buenas, pero el nunca quedaba satisfecho y me exigía más. Yo como niña me sentía frustrada y no querida.  Así fui creyendo que para ser aceptada debía hacer cosas,  que mis padres solo me amarían solo si yo me portaba bien, si era la mejor en el colegio, en la casa, si tenía buena conducta, si nunca les respondía mal y si en todo les decía que sí.  De esta manera fui creando mi falsa identidad y mi forma de amar condicionada.

En casa vivía constantemente violencia intrafamiliar en el hogar.   Mi madre era muy celosa e insegura, por otra parte mi padre de muy poca comunicación.   Pero no pasaban semanas en las que hubiera golpes o maltratos.   

Mi madre desde que yo tenía aproximadamente 10 años comenzó a contarme su vida íntima y sus problemas matrimoniales, lo que en mi provoco un rechazo absoluto a la identidad paterna.  En mi adolescencia no quería seguir creciendo, rechazaba y menospreciaba a los hombres, siempre igualando mi género.  Odiaba las humillaciones en las cuales mi madre por voluntad propia se sometía a mi padre.   Había un gran vacío en mí y no podía llenarlo.   Cuando mis padres iban a la iglesia me dejaban en casa sola y yo en ocasiones me encerraba en el baño con una cuchilla puesta en mi abdomen porque no quería existir, también cuando iba al colegio varias veces me detuve en la estación del metro  por largos momentos pensando…¿por qué no lanzarme?.

Cuando me case repetí algunos patrones que nunca hubiese querido repetir.   Tenía muy poca comunicación con mis hijos y siempre les exigí más, jamás les alagué sus virtudes ni les elogié las cosas buenas que tienen, quería hijos perfectos.   En mi matrimonio, a mi esposo yo no quería que él me pasara a llevar como lo hicieron con mi madre así que era muy dura con él, quitándole el puesto y la responsabilidad que por derecho le corresponde.  Aun así seguía teniendo un vacío inmenso y nuevamente comenzaron los deseos de no existir, por un tiempo tuve ideas suicidas, hasta que Dios me llamo a sus caminos cuando llevábamos 7-8 años de matrimonio.

Fue un tiempo de felicidad, donde Dios lleno mucho mi vida, estuve más alegre, quería y sentía ganas de servir a Dios.  Sentía que existía una comunidad en la iglesia donde estaba y por primera me sentía cómoda con tanta gente como si fuera una gran familia.   Socialmente siempre queriendo ser aceptada, amada de manera condicional, esforzadme y dando todo de mí,  mis prioridades llegaron a ser la iglesia y darme por entera.   Así fue como llegue  a  un abuso ministerial en la iglesia donde estuve por años,  las personas comenzaron abusar de mis dones y exigirme aún más.  Sentí nuevamente un vacío, soledad y un deseo inmenso de no existir, solo pensaba que le había fallado a los hermanos, a mi familia a mí y sobre todo a Dios, que no merecía su amor tan inmenso y gratuito y lo único que merecía era  no existir.  Planeé tres veces mi muerte en las tres oportunidades me afirmaba de algún objeto para no cometer suicidio porque había algo o alguien que me decía NO! , no lo hagas.  Y si bien es cierto, que siendo adulta no fui capaz de marcar limites en mi vida hasta que Dios me confronto.

Llegue al Ministerio de Restauración a una capacitación de dos días, donde Dios me hiso mirarme al espejo y ver la forma errada en la que yo me miraba y en la que él me mira.   Recuerdo que durante esos días no deje de llorar.  Luego de esa experiencia  me inscribí en  Nuevos Comienzos y  comencé a  entender que me sucedía, su creación.  Entender que Dios me ama aunque me equivoque, aunque cometa errores, que él es mi padre y me ama por lo que soy y no por lo que hago o dejo de hacer, Descanse en él.

Luego Realice la capacitación de Lideres, en la que tenía bloqueado muchos episodios de mi infancia y pude comprender de mis comportamientos, mi carácter, son consecuencias en gran parte del constructo de toda mi infancia, también pude,  perdonar a mis padres, el pedir perdón a mi esposo y a mis hijos.   Dios me ayudo a poner orden  en gran parte de las cosas que estaban en mi vida inconclusas.  Ahora puedo decir que sigo aprendiendo de él, que sigo aceptándome y aprendiendo a conocerme más aun, sin  intencionalmente querer ser aceptado por otros, voy aprendiendo junto con Cristo a poner límites en las áreas de mi vida, a conversar cosas verdaderas y del corazón con mi familia y amarme porque Dios me amo primero.

En mi familia éramos 6 en total, tres hermanos, mi mamá y papá y yo.  En casa había muy poca comunicación,  falta de afecto sobre todo de parte de mi padre ya que solo cumplía la función de proveedor.  Por otra parte mi madre se dedicaba todo el día a quejarse de nosotros, de su salud y sobretodo del esposo que había escogido.  Recuerdo que ella siempre nos hablaba muy mal de los hombres, que no había que acercarse a ellos, que todos eran malos, etc. Siempre busque ser aceptada por mi Padre, ya que sentía que él se sentía muy orgulloso de su hija mayor pero también elogiaba a su hija del medio y siempre jugaba con ella.  Yo por mi parte me sentía invisible, y me esforzaba por ser querida por ambos.  Siempre le mostraba mis calificaciones a mi Padre, que por supuesto eran bastante buenas, pero el nunca quedaba satisfecho y me exigía más. Yo como niña me sentía frustrada y no querida.  Así fui creyendo que para ser aceptada debía hacer cosas,  que mis padres solo me amarían solo si yo me portaba bien, si era la mejor en el colegio, en la casa, si tenía buena conducta, si nunca les respondía mal y si en todo les decía que sí.  De esta manera fui creando mi falsa identidad y mi forma de amar condicionada.

En casa vivía constantemente violencia intrafamiliar en el hogar.   Mi madre era muy celosa e insegura, por otra parte mi padre de muy poca comunicación.   Pero no pasaban semanas en las que hubiera golpes o maltratos.   

Mi madre desde que yo tenía aproximadamente 10 años comenzó a contarme su vida íntima y sus problemas matrimoniales, lo que en mi provoco un rechazo absoluto a la identidad paterna.  En mi adolescencia no quería seguir creciendo, rechazaba y menospreciaba a los hombres, siempre igualando mi género.  Odiaba las humillaciones en las cuales mi madre por voluntad propia se sometía a mi padre.   Había un gran vacío en mí y no podía llenarlo.   Cuando mis padres iban a la iglesia me dejaban en casa sola y yo en ocasiones me encerraba en el baño con una cuchilla puesta en mi abdomen porque no quería existir, también cuando iba al colegio varias veces me detuve en la estación del metro  por largos momentos pensando…¿por qué no lanzarme?.

Cuando me case repetí algunos patrones que nunca hubiese querido repetir.   Tenía muy poca comunicación con mis hijos y siempre les exigí más, jamás les alagué sus virtudes ni les elogié las cosas buenas que tienen, quería hijos perfectos.   En mi matrimonio, a mi esposo yo no quería que él me pasara a llevar como lo hicieron con mi madre así que era muy dura con él, quitándole el puesto y la responsabilidad que por derecho le corresponde.  Aun así seguía teniendo un vacío inmenso y nuevamente comenzaron los deseos de no existir, por un tiempo tuve ideas suicidas, hasta que Dios me llamo a sus caminos cuando llevábamos 7-8 años de matrimonio.

Fue un tiempo de felicidad, donde Dios lleno mucho mi vida, estuve más alegre, quería y sentía ganas de servir a Dios.  Sentía que existía una comunidad en la iglesia donde estaba y por primera me sentía cómoda con tanta gente como si fuera una gran familia.   Socialmente siempre queriendo ser aceptada, amada de manera condicional, esforzadme y dando todo de mí,  mis prioridades llegaron a ser la iglesia y darme por entera.   Así fue como llegue  a  un abuso ministerial en la iglesia donde estuve por años,  las personas comenzaron abusar de mis dones y exigirme aún más.  Sentí nuevamente un vacío, soledad y un deseo inmenso de no existir, solo pensaba que le había fallado a los hermanos, a mi familia a mí y sobre todo a Dios, que no merecía su amor tan inmenso y gratuito y lo único que merecía era  no existir.  Planeé tres veces mi muerte en las tres oportunidades me afirmaba de algún objeto para no cometer suicidio porque había algo o alguien que me decía NO! , no lo hagas.  Y si bien es cierto, que siendo adulta no fui capaz de marcar limites en mi vida hasta que Dios me confronto.

Llegue al Ministerio de Restauración a una capacitación de dos días, donde Dios me hiso mirarme al espejo y ver la forma errada en la que yo me miraba y en la que él me mira.   Recuerdo que durante esos días no deje de llorar.  Luego de esa experiencia  me inscribí en  Nuevos Comienzos y  comencé a  entender que me sucedía, su creación.  Entender que Dios me ama aunque me equivoque, aunque cometa errores, que él es mi padre y me ama por lo que soy y no por lo que hago o dejo de hacer, Descanse en él.

Luego Realice la capacitación de Lideres, en la que tenía bloqueado muchos episodios de mi infancia y pude comprender de mis comportamientos, mi carácter, son consecuencias en gran parte del constructo de toda mi infancia, también pude,  perdonar a mis padres, el pedir perdón a mi esposo y a mis hijos.   Dios me ayudo a poner orden  en gran parte de las cosas que estaban en mi vida inconclusas.  Ahora puedo decir que sigo aprendiendo de él, que sigo aceptándome y aprendiendo a conocerme más aun, sin  intencionalmente querer ser aceptado por otros, voy aprendiendo junto con Cristo a poner límites en las áreas de mi vida, a conversar cosas verdaderas y del corazón con mi familia y amarme porque Dios me amo primero.

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