Dámaris Moreno

Mi nombre es Dámaris Moreno y nací en 1990. A los 14 años de edad, cursando el cuarto año de la secundaria empecé a sentir atracción por una profesora, ella me usaba de ejemplo por mis tareas completas y buenas notas, me sentía importante en sus clases, al poco tiempo, ganó espacio y tiempo en mis pensamientos y emociones una amiga de la congregación evangélica a la que asistía, me sentía segura y protegida cuando estábamos juntas, teníamos muchas experiencias vividas que se asemejaban, sentía que entendía mis problemas y yo comprendía los de ella, sentía que me “completaba”. Por mi parte, me demostraba segura y estaba en constante lucha con los hombres, pensaba que ellos no sabían cómo tratar a una mujer y estaba dispuesta a enseñarles. Mi vida familiar se caracterizaba por la violencia en todas sus manifestaciones, por lo cual, crecí viendo a una mamá que soportaba toda clase de injusticias y a un papá autoritario, violento y despectivo. Fue cuando decidí no identificarme con lo femenino “por ser débil”, por el contrario, demostraba seguridad a través de un aspecto masculino en mi forma de ser y vestir. Había mucha confusión en mi mente con respecto a mi identidad, quería ser hombre por la fuerza y seguridad que lo caracteriza, contrarios a la fragilidad y sensibilidad de la mujer que no quería demostrar, aparecieron deseos de muerte e intentos de suicidios, pero la forma de escapar que encontré era a través de drogas y alcohol, con ello anestesiaba mis emociones y vivía sin preocupaciones. Con el tiempo, dejé de asistir a la iglesia, por lo que nos distanciamos con esta amiga.



Una tarde, a los 18 años cuando me disponía salir a beber, una predica cristiana en la televisión llamo mi atención, hablaban de un Dios cercano y real, que daba sentido a la vida y que era posible escuchar su voz y ver su gloria, decían que la vida de una persona cambiaba desde el momento en que la crucifixión de Cristo le era revelada; decidí quedarme a escuchar más, en mi interior sentía deseos de que esto fuera real para mí, y comencé a reconocer mi necesidad de Dios, de que no podía aparentar nada delante de su presencia, y aquel día, por primera vez en mi vida sentí que era aceptada, así, tal como me encontraba en ese momento, su amor era más fuerte que mis culpas y pecados, entendí que lo que Dios quería de mi era Santidad (Hebreos 12:14…”sin la cual nadie vera al Señor”), me estimaba indigna de merecer misericordia, pero no podía resistirme a Sus palabras de amor y aceptación escritas en la Biblia (Isaías 43 y 44 “…escucha al Señor, quien te creó; el que te formó dice: «No tengas miedo, porque he pagado tu rescate; te he llamado por tu nombre; eres mío… Entregué a otros a cambio de ti. Cambié la vida de ellos por la tuya, porque eres muy precioso para mí, Recibes honra, y yo te amo”).



Al poco tiempo volví a congregarme a otra iglesia, reunión tras reunión sentía la necesidad de confesar mis pecados, lo reprimí todo lo que pude, hasta que comprendí que hacerlo traería libertad y crecimiento a mi vida, en la congregación me brindaron la confianza y pude abrir mi corazón, confesé todo cuanto me avergonzaba y experimente una libertad tan grande que cada vez que volvía a mi mente un deseo incorrecto lo exponía de inmediato. Al año siguiente, asistí a una capacitación del Ministerio Restauración en la Falda, donde el Señor añadía libertad, por medio de la confesión, a todas las áreas que aún no habían sido expuestas y necesitaban sanidad, pude comprender el Diseño de Dios para una mujer y un hombre, aprendí a reeducar mis emociones y a enfocarme en la Cruz, donde toda debilidad es absorbida; me ayudaron a encontrar la raíz del quebranto de género a partir de la relación disfuncional de mis padres a los que puedo perdonar y amar, conocí otras vidas e historias similares y veía la fidelidad de Dios y Su misericordia derramándose sobre cada uno de los que asistimos a la capacitación.



Pero cuando creí que el proceso de sanidad había terminado, apareció una nueva mujer.
En muy poco tiempo ocupó más lugar del que debía en mi corazón, y en vez de correr por ayuda, huí de la situación sintiendo que nada había cambiado en mí, volvieron otra vez esas emociones a mi mente, ese deseo de pasar tiempo con ella y de agradarle en todo, estos sentimientos me provocaron una decepción tan grande de mi misma, que dejé de asistir al programa del Ministerio. Sentía que me estaba secando por dentro y que no podía disfrutar de la presencia de Dios, me encontraba luchando conmigo misma y preguntándome ¿acaso esto nunca termina?, ¿Por qué otra vez?... hasta que me vi en la necesidad de confesarlo y luego de hacerlo, Su paz vino a mi vida. Tiempo después comprendí que esto era parte del proceso, que no debía condenarme, sino enfocar mi mirada en Cristo.



Al pasar los años, regrese al Ministerio Restauración por una invitación a compartir mi testimonio, confesé la situación pasada y aprendí que la raíz de la homosexualidad no es sexual, sino emocional, entonces cuando me hallaba ante alguna situación en donde mis emociones eran movilizadas a sentir atracción por una mujer, me preguntaba: ¿Qué emoción estoy tratando de satisfacer?... muchas veces es la seguridad que siento al estar con la otra persona lo que provoca que la estime demasiado, y eso no es otra cosa más que idolatría, así que vuelvo a los pies de Cristo pidiendo perdón y confesando toda confusión en mi mente y corazón a alguien que pueda ayudarme a mantenerme en Luz y me aferro a la Palabra de Dios cuando dice que el poder de Cristo se perfecciona en la debilidad (2ª Corintios 12:9), así que no rechazo esta debilidad, sino que reconozco que separada de El nada puedo hacer (Juan 15:5). El Padre Eterno me recuerda cada día que mi identidad está en El, quien me adopto como hija por medio de Jesucristo (Romanos 8:14-17)



Ser parte del Ministerio Restauración me ha permitido ver a Dios derramándose sobre las vidas de aquellos que reconocen que necesitan Su ayuda, de aquellos que exponen sus heridas y dejan que Dios les sane, mi Fe aumenta cuando soy testigo de cómo Él hace nuevas todas las cosas (2ª Corintios 5:19). Yo te animo a que te dejes encontrar por El tal cual estas, sin apariencias, porque a Dios, el sacrificio que le agrada es un espíritu quebrantado; El no desprecia al corazón quebrantado y arrepentido (Salmo 51:17)



Isaías 57:15 (NTV)
El Alto y Majestuoso que vive en la eternidad,
el Santo, dice:
«Yo vivo en el lugar alto y santo
con los de espíritu arrepentido y humilde.
Restauro el espíritu destrozado del humilde
y reavivo el valor de los que tienen un corazón arrepentido.



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